lunes, 14 de abril de 2014

"Tránsito de fuego" Eunice Odio



La dama de bronce

(fragmento)

La Dama de Bronce
tenía el cuerpo

afilado y hambriento;

tenía desnuda la mirada.

¡Cúbrela, Dama de Bronce!
¡Guárdala!

Su garganta caía lentamente hacia el Hudson

¿Adónde vas, Dama de Bronce,
veloz tu cielo azul, lento el cayado?

¿Qué aguja cristalina te atraviesa y despierta
los párpados, los astros?

En la ruta,
la penetrante ruta donde un rayo
se asomaba a los días terrenales,

la Gran Dama de Bronce,

la querida del tiempo matutino,

la fulgurante amada desprendida
de frescas arpas y nublados lechos,

llamó a una puerta

que ella creyó temprana,
puerta de entrada a transparentes horas.

Y fue la puerta de la noche abierta,
la sombra en carne viva por el alba.

Estaba hecha de agrietada espuma,
del escombro de un ojo,
de solitaria sien y putrefacta altura.

Aquella puerta era un tapiz agónico

en donde cada cuerpo confundía su aliento
con la garganta próxima.

¡Dama de Bronce!,

Sierva de la mañana!

¡Da un paso interno,
toca con las entrañas
la rosa de los vientos!

¿No habrá, en estas líneas,
la longitud de una pupila sola?

¿No habrá un eco, un indicio
que me esconda?

Y de pronto pasó
(más bien volvió del fuego)

una sagrada estirpe solitaria.


Era un hombre escoltado por el fuego
y vestido como viste el espacio.

De su cintura y de su alegría
partía el ciervo claro.

Tenía la lengua en la mirada pura
y un río
(una copa de guirnaldas oscuras).

El hombre vio los pechos,

los ojos

de la Dama de Bronce

y ella

-bandera de oro ebio,
victoriosa soledad de la tarde-

dio un paso interno
(su paso era una rosa caminante,
una flor calcinada),

marchó sobre agua viva,
sobre el río que volverá mañana.





Poema séptimo (Germinación)

Introducción

I

Oh don,
oh don de sí, tu pelo,
albo discurso,
designio azul,
futuro de jacinto.

Yo podría cantar una canción
para que me sospechen de humo, en aire,
y de animal tallado entre la espuma,
en larga, leve, carcajada de arpa

Yo podría traer al corazón recuerdos
como uñas cayéndose del alma.
Pero estoy casi al borde de tu cuerpo,
Pero está al pie del surco tu desnudo
en traje de profundidad;

Piensa en tu edad el mar y palidecen
delfines ciegos cielo arriba, en rama,
pesando más el cielo menos aire
mar con sólo las olas y sin agua.

Y tú a la orilla del paisaje tiemblas
ah, intramarino pescador de espumas
cuya cadera crece entre corales,

Crepúsculo manchado de violines,
compañero fugaz de mi costado.




II

Alguien pasa rozándome las venas
y se abre el surco entre la flor y el labio.

Es que llega la noche
en columna de amor y ruiseñores;
su casco azul, lacustre, enjuga el alba,
baja la niebla por su piel y huyen
roces de pluma herida y madrugada.

Y antes de ser,
para futuro arribo de planeta
tiniebla inaugural,
cristal esquivo,
quietud de sumergidos resplandores,
la noche es de aire y tallo oscurecido.





Si pudiera abrir mi gruesa flor...

Yo no me dejar humillar por las cosas irracionales:

Si pudiera abrir mi gruesa flor...
Yo no me dejar humillar por las cosas irracionales:

penetrar lo que haya en ellas de sarcasmo hacia mí
haré que las ciudades y civilizaciones se me rindan.

W. Whitman


En un lugar de la Mancha de cuyo nombre
no quiero acordarme...

Cervantes


Eunice andaba en el sueño
con zapatos de vigilia,
¡ay, Eunice, por tus pies te van a negar el día!

Eunice Odio


Si pudiera abrir mi gruesa flor
para ver su geografía íntima,

su dulce orografía de gruesa flor:
si pudiera saltar desde los ojos

para verme, abierta al sol,
si no me golpeara de pronto, en la mejilla,

esta reunida sombra,
esta orilla de silencio

que es lo que ciertos pañuelos a la lágrima,
un aposento blanco, descubierto.

Si pudiera quedarme abierta al sol
como el sencillo mar

y alta, recién nacida hija del agua,
creciera mi color al pie del agua.

Por qué no he de poder desnudarme los pies
en una casa en que los alfabetos ascienden

por el labio a la palabra, y en que duendes de menta,
sirven té verde y florecida sombra.

Por qué no he de poder
desnudarme los pies en una casa

en que todos los días
un año desviste su estatura melancólica,

y en que la costa azul de un relicario
guarda el retrato de un vecino de mayo que se ha ido.

Sin embargo
no puedo desnudarme los pies en esta casa

ni poner sobre la mesa el corazón.
Pero puedo abrirme como una flor

y saltar desde los ojos para verme,
abierta al sol.


De "Tránsito de fuego"
Eunice Odio


Eunice Odio
, (1922, 1974). Poeta, escritora, traductora costarricence. Publicó en la prestigiosa revista "Repertorio Americano" de Joaquín Garcia Monje.
A partir de 1955 se instaló en México, adoptando en 1962 la ciudadanía mejicana. A partir de su libro “Territorio del alba” se la consideró ligada al vanguardismo, especialmente con la corriente surrealista.
El legado de su obra está siendo cada vez más reconocido, estudiado y apreciado; se le han dedicado libros, esculturas y existe una biblioteca que lleva su nombre.  Sobre "Tránsito de fuego"Juan Liscano, opinó que alcanza la misma envergadura de "El paraíso perdido" de Milton.
Su poesía es referencial en el panorama literario de Centroamérica.

Obra poetica: "Los elementos terrestres" (1948, premio Centroamericano 15 de Septiembre cuyo jurado lo integraba Miguel Ángel Asturias, "Territorio del alba" (escrito entre 1946 y 1948 y publicado en 1953)," Tránsito de fuego" (1957, su obra cumbre), "Pasto de sueños" (1953-1971) y "Últimos poemas" (1967-1972).



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