lunes, 3 de abril de 2017

Sylvia Plath



ESPEJO


Soy plateado y exacto. No tengo preconceptos.
Cuanto veo, lo trago inmediatamente
Tal cual es, sin empañar por amor o desagrado.
No soy cruel, sólo veraz:
Ojo de un pequeño dios, cuadrangular.
Casi todo el tiempo medito en la pared de enfrente.
Es rosada, con lunares. La he mirado tanto tiempo
Que creo que es parte de mi corazón. Pero fluctúa.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
Buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.
Luego se vuelve hacia esas mentirosas, las bujías o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Que viene y se va.
Todas las mañanas su cara reemplaza la oscuridad.
En mí ella ahogó a una muchachita y en mí una vieja
Se alza hacia ella día tras día, como un pez feroz.



FILO es el último poema

La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo

muerto muestra la sonrisa de realización;
La apariencia de una necesidad griega

fluye por los pergaminos de su toga;
sus pies

desnudos parecen decir:
hasta aquí hemos llegado, se acabó.

Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña

jarra de leche, ahora vacía.
Ella los ha plegado

de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos
de una rosa cerrada, cuando el jardín

se envara y los olores sangran
de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.

La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.

Traducción del poema: Jordi Doce

Silvia Plath nació en Boston, Massachussets, Estados Unidos, el 27 de octubre de 1932. 
Es una de las voces claves de la poesía del siglo XX, considerada por algunos críticos una exponente de la poesía confesional. Los elementos biográficos están plenamente transmutados por la función universalizadora del mito; su apertura al inconsciente alcanzó un extraordinario desarrollo. Todos, como Silvia Plath, tenemos ese grito sofocado en algún lugar de nuestro interior, pero sólo un gran poeta, un gran creador, puede ir hacia él y tornarlo sinfonía. Con su talento y un total dominio de la lengua, abordó lo que hay de existencial en el padecer de la vida.
No hay, como en el caso de Vallejos o Varela, una interpelación a Dios, hay un adentrarse en las sombras del psiquismo, una renuncia al hilo de Ariadna que podría rescatarla de la muerte, pero no del sufrimiento. 
Su poesía se caracteriza por sus brillantes metáforas y "por convertir el horror en belleza", como bien dice Maria Julia De Ruschi Crespo en el prólogo de la colección “Los Grandes Poetas”.

Su obra: El coloso (1960), Ariel (1965) considerado como su mejor libro de poemas que, al igual que la poesía posterior publicada después de su suicidio, refleja una obsesión creciente por la muerte. Poemas completos, que ganó el Premio Pulitzer en 1982, fue editado por su marido en 1981.
La campana de cristal (1963), novela que publicó con el seudónimo de Victoria Lewis.
Su correspondencia: Cartas a casa, 1950-1963, preparada por su madre se publica en 1975. Otras obras, publicadas póstumamente, son Cruzando el agua (1971) y Árboles de invierno (1972), ambos libros de poesía, y Johnny Panic y la Biblia de sueños, libro de cuentos.
El 11 de septiembre de 1963 se suicidó.


lunes, 25 de julio de 2016

Blanca Varela: "Un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el tiempo, la soledad".



Palabra para un canto

“Yace aquí,
entre tumbas sin nombre,
escrito en el harapo deslumbrante,
roja estrella en el fondo del cántaro.
Por el mismo camino del árbol y la nube,
ambulando en el círculo roído por la luz y el tiempo.
¿De qué perdida claridad venimos?”.


CANTO VILLANO

y de pronto la vida
en mi plato de pobre
un magro trozo de celeste cerdo
aquí en mi plato
observarme
observarte
o matar una mosca sin malicia
aniquilar la luz
o hacerla
hacerla
como quien abre los ojos y elige
un cielo rebosante
en el plato vacío
rubens cebollas lágrimas
más rubens más cebollas
más lágrimas
tantas historias
negros indigeribles milagros
y la estrella de oriente
emparedada
y el hueso del amor
tan roído y tan duro
brillando en otro plato
este hambre propio
existe
es la gana del alma
que es el cuerpo
es la rosa de grasa
que envejece
en su cielo de carne
mea culpa ojo turbio
mea culpa negro bocado
mea culpa divina náusea
no hay otro aquí
en este plato vacío
sino yo
devorando mis ojos
y los tuyos


Juego amoroso


Las manos a la altura del aire
a dos o tres centímetros del vacío
no se mirará nada preciso
la polvareda que pasa
el inesperado cortejo de plumas
arrancadas al vuelo
la nubecilla rosada y tonta
que ya no es
el cierraojos y el ábrelos
en la breve opacidad
de una luz que no se ve
y el sueño pies de goma
y azules y brillantes
las estrellas
rientes
párpado sobre párpado
labio contra labio
piel demorada sobre otra
llagada y reluciente
hogueras
eso haremos a solas.

Blanca Varela (1926-2009)

Blanca Varela nació en Perú en 1926 y es una de las poetas mayores de la lengua castellana, de la segunda mitad del siglo pasado. Se la ha relacionado con el surrealismo y con el existencialismo de Sartre. Su poesía es visceral, ascética, despojada de adjetivos. Cada palabra cruza en nuestro intelecto como un rayo que nos traspasa, nos arroja un carbón encendido que se hace llama en nuestra alma.
Su primer libro, “Ese puerto existe” fue antologado por Octavio Paz quien dijera de ella: …“Blanca Varela es una poetisa que no se complace en sus hallazgos ni se embriaga con su canto. Con el instinto del verdadero poeta sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el tiempo, la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia
Su poética es abrasiva, sin concesiones, con constantes referencias al mundo visual.

Obra: Luz del día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Camino a Babel (1986), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Poesía escogida (1993) y Del orden de las cosas (1993). Bajo el título Canto villano (1986) recopiló su obra poética desde 1949 a 1983. Sus más recientes títulos son Concierto animal (1999) y la antología Donde todo termina abre las alas: poesía reunida 1949-2000 (2001) componen el resto de su obra.

En circunstancia de la entrega del Premio Sofía de Poesía Iberoamericana, Antonio Gamoneda expresó: “lo que muestra Varela es un brote existencial que se produce a través de un lenguaje impredecible. Dicho de otra manera, su poesía es muy distinta a la que en España en estos momentos es hegemónica, la que utiliza un lenguaje normalizado y realista, que no hace avanzar la tradición
Obtuvo el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo en el año 2001, el Premio Ciudad de Granada 2006, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca (primera mujer en obtener tal distinción) y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2007.
Sus obras han sido traducidas al alemán, francés, inglés, italiano, portugués y ruso e innumerables estudios se han realizado sobre su obra y seguirán haciéndose, llevando la poesía de Blanca Varela al lugar de privilegio que le corresponde dentro de la literatura universal.

martes, 1 de septiembre de 2015

JOAQUÍN PASOS Y LA TIERRA ABURRIDA DE LOS HOMBRES QUE RONCAN




Cementerio

La tierra aburrida de los hombres que roncan
es aquella que habitan los pájaros pobres,
las gallinas que comen las piedras,
las lechuzas que braman de noche.
Una jícara negra, una seca tinaja,
un carbón, una mierda, una cáscara.

En la tierra aburrida de los hombres que roncan,
donde viven los pájaros tristes, los pájaros sordos,
los cultivos de piedras, los sembrados de escobas.
Protejan los escarabajos, cuiden los sapos
el tesoro de estiércol de los pájaros pobres.
Los pájaros enfermos, los vestidos de sombra,
los que habitan la tierra de los hombres que roncan.

Tengo un triste recuerdo de esa tierra sin horas,
la picada de pájaros, la que se desmorona.
Con murciélagos me persigue de noche
su horizonte de barro y su luna de broza.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño, y después se hizo polvo.




Los indios viejos

Los hombres viejos, muy viejos, están sentados
junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.
Los hombres viejos están sentados junto a un río
que siempre va despacio.
Ante ellos el aire detiene su marcha,
el viento pasa, contemplándolos,
los toca con cuidado
para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,
éste es su único trabajo.
Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,
y en la tarde salen a lazarlos
para dormir con ellos calentándose.


Joaquín Pasos
Anillo de silencio
Selección y prólogo: Jorge Boccanera
Ediciones del IMFC

jueves, 2 de julio de 2015

SALOMÓN DE LA SELVA, DOS POEMAS




Prisioneros

Son gente,
de eso no cabe duda.
Gente como nosotros,
que come, que duerme, que se entume, que suda,
que odia, que ama.
Gente como toda la gente,
y sin embargo diferente.

Como le hemos arrancado
todos los botones,
caminan agarrándose
los pantalones,
y llevan el cuerpo doblegado.

Pudiera ser cansancio,
pero no es eso.
Pudiera ser vergüenza...
En fin, qué nos importa:
¡Son nuestros prisioneros!
Está prohibido darles cigarrillos.
Bien. Se los daré a escondidas.
Alguno de ellos debe haber leído
a Goethe; o será de la familia de Beethoven
o de Kant; o sabrá tocar el violoncello...



Curiosidad 

Aquí estamos nosotros
allá está el enemigo.
No nos dejamos ver
ni él se deja tampoco.
De tiempo en tiempo
nos cambiamos un tiro.
Nosotros disparamos entre rosas.
¡A ver si hace una baja!
Él también se reirá.
Nuestras carcajadas son pueriles.
Sus balas silban sobre nuestra cabezas
o levantan pajaritos de lodo
frente a nuestra trinchera.
Al disparar él debe de haber reído.
Tengo ganas de verlo.
Me siento como se sentiría
un príncipe de cuento
que ha cambiado palabra y corazón y anillo
con una princesa de otra raza
a quien jamás a visto.
Lejos de tenerle odio
como que voy queriendo a mi enemigo.


SALOMÓN DE LA SELVA
Anillo de silencio - Centroamérica en la poesía -2009
Ediciones del IMFC (Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos).
Selección y prólogo: Jorge Boccanera


Salomón de la Selva (Nicaragua, 1893-1959) Poeta, ensayista, fundador de revistas y centros de estudios; catedrático, y maestro. Considerado por muchos como el poeta nicaragüense  más trascendente después de Ruben Darío.
Jorge Boccanera en su antología "Anillo de Silencio", de la cual extraje estos poemas, señala: "Salomón de la Selva es el autor de uno de los libros esenciales de la vanguardia de los `20: El soldado desconocido". Inspirado en la experiencia del poeta como soldado durante la Primera Guerra Mundial en el cual, por primera vez, se utiliza el coloquialismo y el prosaísmo en la poesía Centroamericana.
Fue publicado en México en 1922 con ilustraciones de Diego Rivera.

Jorge Eduardo Arellano en Tres aproximaciones a Salomón de la Selva dice: "()...Un yo lírico que escribía en un contexto aplastante y urgente —cuestionador de los antiguos valores de la poesía épica: el valor, la fuerza y la inteligencia del individuo, no advertido en la reseña del mexicano Luis Urrutia y Arana que afirmaba que "El soldado desconocido como sinfonía es lo más alejado de este libro pequeño y grande de Salomón de la Selva”; quien al mismo tiempo llamó a Salomón bardo nicaragüense. Reconoce que el poeta ha escrito una obra importante, pero le reprocha la irregularidad de su forma y que los poemas carecen de un ritmo interior como el de los audaces músicos Ravel o Debussy. Y concluye: me complazco en saludar en el autor de El soldado desconocido a uno de los poetas de la América Española más originales, más fuertes y más dignos".


domingo, 26 de abril de 2015

Ana Emilia Lahitte, "El pulso arduo de la belleza herida"



El secreto

Esta carne de amor que por mi culpa
habrá de transformarse en culpa nueva,
esta irremediable sombra tierna
que habrá de madurar en desconsuelo,
es todavía mía porque tiembla
y yo tiemblo por ella. Río y tiemblo,
mientras la muerte teje sus urdimbres
de sabia soledad.

Ah, cómo necesito conocerla
mirarla sin recelo, invitarla
a tenderse a mi lado y reemplazarme
en la vigilia maternal. Querría
ponerlo entre sus brazos, obligarla
a besarles los párpados dorados,
a amantar su sueño hasta que el alba
lo invadiese poco, mansamente.

Si él ya tiene su muerte, si ha traído
bajo la piel su estrella, su constancia,
¿por qué no frecuentar a quien lo habita
con más amor que tantos que en el mundo
habrán de abandonarlo?... Esta muerte
serena de mi hijo, será quien me releve
en la tarea delicada y terrible
de salvarlo de sí mismo, tal vez.

Cuanto ahora prepara su aleluya
es pulpa inevitable, destinada
a madurar el sol y disgregarlo
en surcos enterrados, poderosos.
Yo misma soy su muerte. Yo, que he dado
voluntad a su risa y a su llanto.
Yo, que invento sus rondas y no puedo,
sin embargo, jugar con su secreto.

(Madero y transparencia, 1962)




Por favor,
quédate ahí.
Si te mueves puede regresar
el mundo


(de Insurrecciones, 2003)






Ignoro si el amor es amante o amado.

                                      Sólo sé que le adeudo bellísimos infiernos.





    las heridas son el mejor manuscrito.






Él, no tuvo noción del inmenso dolor que ampararía.

                                      Él, no supo jamás que se llamaba Dios.





Serán los niños quienes ajusticien

                                       los niños del espanto nuestra posteridad.





Cuando el ser reconoce la ardua travesía de no pertenecerse

                                         comienza el más allá.




Ana Emilia Lahitte


Ana Emilia Lahitte (1921-1993). Poeta argentina, dramaturga, ensayista. Creó y dirigió por más de 20 años uno de los primeros talleres de poesía de la Argentina. Su obra fue recogida en numerosas antologías y traducida al inglés, francés, alemán, italiano y portugués. Aún, se le deben estudios profundos a su magnífica obra.
Deslumbran esos versos cortos, que lejos de limitar los poemas los abre a un espacio nuevo que reconocemos en lo más profundo de nuestra alma, acaso en donde somos más vulnerables, allí, en "El pulso arduo de la belleza herida" como ella, mejor que nadie, nombró a sus libros  "Los abismos" y "Los dioses oscuros" publicados en 1978 y 1989, respectivamente.

En un reportaje que le hizo Pablo Montanaro, a un año de la publicación de "Insurrecciones", señaló  "es algo así como un S.O.S. hacia adentro”, libro por el cual fue distinguida por Honorarte con “La Página de Oro”, máxima distinción de la institución a un escritor por su trayectoria literaria y aporte a la Cultura y se le entregó el premio “Letras de Oro”.

Los poemas de Ana Emilia Lahitte son estocadas diamantinas a nuestra egoica sombra, hebras de luz que fulguran en la intemperie de nuestra humanidad.

Algunos de sus libros: Sueño sin eco (1947), El muro de cristal (1952), La noche y otros poemas (1959), Madero y transparencia (1962), Al sur de marzo (1969), Los abismos (1979), Los dioses oscuros (1980), El tiempo, ese desierto demasiado extendido (1993), Summa de poemas, 1947-1997 (antología, 2001), Insurrecciones (2000), El padre muere (2006) y Gironsiglos (2006).

Algunos de sus premios : Pluma de Plata del PEN Club Internacional, Centro Argentino (1980), Pluma de Oro de la Fundación Argentina para la Poesía (1982 y 2001), Primer Premio Nacional de Poesía, Región Buenos Aires (1983), Premio Konex (1994), Premio de Poesía “Esteban Etcheverría”, de Gente de Letras (1999). En 2001, la Municipalidad de La Plata la designó Ciudadana Ilustre. 


La foto pertenece a su libro:" SUMMA" de poemas 1947- 1997,  con prólogo de Horacio Castillo.
Edición Homenaje,  Municipalidad de La Plata.


sábado, 18 de abril de 2015

Efraín Huerta, "Tu corazón penumbra o barco sin latidos..."



Tu corazón penumbra 

Tu corazón penumbra
o barco sin latidos,
entre mis manos grises
o frondas angustiadas.

Tu corazón y el mundo marchan juntos.
Tienes la rebeldía en el espanto de la sangre
y la oscura tristeza en los cabellos.
Tu suave corazón, tu carne mía
(¡Oh jaula de mi voz,
prisión de mis tinieblas!)
me duele con las mismas
lentas eternidades.
Sólo escucho rumores, canciones,
multitudes, cosechas y crepúsculos.
Desconozco la ausencia
y cómo ciertos hombres
desfallecen de miedo.
Conozco el hambre, el frío
haciendo de pies mármoles,
la miseria en los gestos
de los desamparados del subsuelo,
el alcohol amarillo, corazón,
que beben trozos de hombres
en la desierta plaza
donde calumnias, iras
y verdes maldiciones
brotan como el cariño
en la piel de los ciegos.

Tu corazón penumbra
o barco sin latidos,
o cera maldecida
trabajada por tactos
angustiosos, durísimos.
Tu corazón y el mundo.
Tienes en la garganta un destello de dicha
en las manos tranquilas cicatrices
y en el hombro derecho la mordida del alba.
¿Sientes a las estrellas dominarnos
como si fueran diosas
o montañas de plata?
¿No sientes en la Tierra,
corazón de mi vida,
un negro, insultante
bochornoso cinismo
de burguesa alegría?

Pero no sabes nada.
Ni la luz, ni banderas
-corazón y bandera-
ni la fuerza ni el odio
que rebasan su cauce,
ni los ojos que lanzan
espigas de verdades,
ni la melancolía
deshecha para siempre.

Algo que se construye no lo oyes.
Tienes el corazón más sordo y necio
que un puñal aterido,
más hueco que un milagro.
¡Tu corazón,
penumbra aniquilada!

(Los hombres del alba)




Verano

¿Qué soledad, qué muerte me destinan
la quietud, la sedante, cariñoso tristeza
donde nazco y perduro?
Nada sé, nada saben, nada sabe.
Nada se sabe al fin de tanto y misterioso
ir y venir de largas pesadumbres de hielo.
Nada se sabe aún. La milagrosa
lluvia de este verano
es callada, y me duele
la cruel melancolía.

Y nada se sabrá.
Los hombres nunca saben
el por qué de la angustia,
ni cómo una magnolia
--esa bestia de mármol inocente--
y un clavel se estremecen
cuando los besos cobran
magnitudes celestes
y sabor de piedad.

Nada puede saberse, no hay remedio.
Los hombres nunca saben
cuánta dulzura y cuánto
quebradizo silencio
hay en una palabra,
cómo es bello llorar
con las lágrimas vivas
y la piel en descenso.

Por eso me pregunto sobre la soledad
y sobre la tristeza: hadas, malignas,
rosas, delicadas, sonrientes
jardines de veneno.

(Estrella en alto)



PUES SÍ

Hablando
Se
Enciende
La
Gente.

DISCRIMINACIÓN

¿Y
Por qué
Nadie
Habla
De los
Presos
         Poéticos?

(Dispersión total)


Efraín Huerta
Poesía completa - ed. Martín Soler.
Fondo de Cultura Económica, 1988.


Efraín Huerta (1914-1982), Poeta, periodista y crítico mexicano.

Es una de las figuras centrales de la literatura mexicana del siglo XX. Conocido como el "El Gran Cocodrilo" fundó junto a Octavio Paz, Rafael Solana y Neftali Beltrán la revista Taller (1938-1941). Poeta exquisito de una vitalidad expresiva magistral que no le impidió ser, también, un poeta de ruptura; utilizando técnicas neo-vanguardistas que crearon nuevos espacios en la poesía mexicana.

Leer a Efraín Huerta dice David Huerta en el prólogo de la "Poesía Completa" de Efraín, "Es sencillamente conocer un espacio expresivo sin el cual, acaso, o seguramente, México sería ininteligible,[...]pero no es menos cierto que ahí precisamente donde la poesía de Efraín es más mexicana se convierte con más intensidad en una obra universal":

Entre los muchos premios que le otorgaron, recibió las Palmas Académicas del gobierno de Francia, (1945); el Premio Xavier Villaurrutia, (1975); el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, (1976) y el Premio Nacional de Periodismo en divulgación cultural (1978).

Obra poética: Absoluto amor, (1935); Línea del alba, (1936); Poemas de guerra y esperanza, (1943); Los hombres del alba,(1944); La rosa primitiva, (1950); Poesía, (1951); Poemas de viaje, (1953); Estrella en alto y nuevos poemas, (1956); Para gozar tu paz, (1957); ¡Mi país, oh mi país!, (1959); Elegía de la policía montada, (1959); Farsa trágica del presidente que quería una isla, (1961); La raíz amarga (1962); El Tajín, (1963); Poemas prohibidos y de amor, (1973);  Los eróticos y otros poemas, (1974); Estampida de poemínimos, (1980); Tranza poética, (1980); Estampida de Poemínimos, 1985; Dispersión total, (1986).


domingo, 18 de enero de 2015

SANTIAGO SYLVESTER Y EL PUNTO MÁS LEJANO





EL tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.
Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;
peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,
a la mirada del hombre,
a las palabras que se dicen, al sentido:
 peaje aún sin saberlo,
 como existen caminos aunque no vamos a ninguna
parte.
Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la
intención de eternidad que aturde a todo lo transitorio:
solos y a la vez acompañados,
en estado de mudanza;
condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.
El tiempo cobrando peaje es infalible;
y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:
 no soy el tiempo, pero soy el que mira.





DESPUÉS, ya veremos: por ahora
lo que conocemos del futuro es el presente.
Ese hombre afirma que nunca se irá de la ciudad;
su amigo, lo contrario: su tendencia a la huida.
Una joven, desdeñosa, se niega a perdonar.
Un hombre saca del bolsillo una entrada para el teatro.
Una muchacha, deslizada hacia la desgracia, sorbe un
café con la mirada en otra parte,
y en la mesa vecina un estudiante anticipa su porvenir.
Es fácil conocer el futuro: con sólo oír a esta gente, ya
sabemos su trama,
que no es sino una cita colectiva:
cuándo, dónde, con quién,
ese es todo el problema.





Ese hombre ha salido de la boca de un metro en erupción
y está sentado allí, apagando el humo de su ropa.

La ciudad le circula por dentro: la florista una naranja en
un charco, alguien que se aferra a un diario y siente
vértigo, un grupo chilla con una euforia dislocada;
y en todas partes, rasgos intercambiables: una cara llena
de confusiones familiares.

El olor del café es un continente invadido,
el reloj de la pared opina mudo,
el hombre cruza los brazos, recubre su impostura,
y mira a la mujer que lo acompaña.

Ella no dice nada
y apaga también el humo de su ropa:
residuos de una erupción volcánica

o, quién sabe, homenaje de la noche anterior.

Café Bretaña
Colección Visor de Poesía, Madrid, 1994.



El punto más lejano

X

Los muertos flotan cabeza
abajo en su parto a favor de la naturaleza: todos,
un solo muerto que
espera su ocasión para acoger al muerto único
que alguna vez seremos: cada uno
en diálogo continuo con el punto más lejano, que es
único
y a la vez de todos: de donde todo
viene a ser lo mismo.
Sin embargo,
cada muerto reclama su singularidad. Durante un tiempo
la reclama, obsesionado a fondo por su estado; y aquí estamos nosotros
para dársela: que ese muerto se explique, a ver
si de paso nos explica a los demás.
Dos amantes surgen de la marejada, atados
a la misma suavidad: ellos ¿quiénes
somos? ¿quiénes, él y ella,
somos en la crepitación del agua? ¿hasta dónde
hemos llegado con la desgarradura
de un amor que, por lo visto,
era eterno? Dos,
consumidos por la misma premura, y tan unidos
desbordan lo previsto
que aquí estamos recibiéndolos con sílabas, mejorando
para ellos la caligrafía,
tomando notas, removiendo los mismos materiales como si no
fuéramos todos
otra cosa que dos, haciendo
el mismo ruido.
Haciendo
ruido
saca otro muerto la cabeza: dice palabras, pero
no está pendiente de que las escuchemos: habla
como suena la tormenta, el mar
o un efecto de la naturaleza: y el juego acaba ahí,
sin moraleja. Acaba
con mostrarse,
y
en esto reside su poder: el enorme poder
de ser quien es,
sin más deberes: un irlandés que, según dicen, cruzaba unitarios de
una costa a otra con su barco, con un catalejo que yo he visto y
una manera de mirar el abra que no he visto pero
que recibo en mi casa.
¿Y adónde
quiere hacer llegar su queja
ese otro que, apareciendo en su carácter, quiere dar sentido a lo que tal vez no tiene?
¿Adónde esa mujer que, después de muerta, se pinta los labios; el que
rompe la cuerda destemplada, siendo la única que aún conserva su
guitarra;
el que mide la distancia recíproca entre silla y silla: entre esa silla
en la niebla
y por ejemplo ésta, donde me siento yo?
Lo bueno de estas cosas es que nadie interrumpa, que nadie
acorte distancia, hable
o calle antes de tiempo, perturbe con su actividad;
lo bueno, sabiendo que de esta intensidad solo podemos conocer el sitio
y el despliegue del tiempo: conocer
el instante.
Lo bueno, entonces: dejar que esta multitud de apariciones,
ajada antes de tiempo,
traiga el alivio de saber que en alguna parte está trazado el límite.
Esa mujer negra con una hoja enorme en la cabeza, ¿se protege del
sol que ya no existe para ella
o que ha cambiado de lugar?
El que habla solo en la puna, ¿busca qué compensación, jadeando
sin pulmones, sin la lengua afuera: sin tener siquiera afuera?
El tren de carga fantasmal que cruza por el sueño, inmóvil en la
mañana sucia del andén, ¿prefiere la velocidad del sueño o
la somnolencia fija del andén?
El que vive, pero poco: lo contrario
del que muere su muerte con convicción,
¿reivindica su existencia escasa
antes de desaparecer?
Entre dos
compensaciones flotan los muertos: vida
referida a la vida;
muerte, a la muerte.
Lo que ya no existe es el vínculo,
salvo nosotros que, único
vínculo a mano, aunque mal equipado,
discutimos con ellos para no ser su frontera;
y en esta discusión nos vamos entendiendo.

Santiago Sylvester 
El punto más lejano
Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2011.



Santiago Sylvester, reconocido poeta y narrador argentino, nacido en Salta en 1942. Es autor de dos antologías de la poesía del Noroeste Argentino. Dirige la colección Pez Naufrago, de poesía, en Ediciones del Dock, y codirige la colección Escritores Argentinos de EUDEM, Editorial de la Universidad Nacional de la Plata.

Javier Adúriz calificó su poesía como “silogismo conversado” y él suele decir “me he pasado la vida escribiendo poesía porque hay algo mío que no está donde yo estoy”.

En la poesía de Santiago Sylvester  la historia natural,  la vida,  con sus anuncios acá y allá, el paisaje urbano, la naturaleza, la muerte,  la conjetura de la angustia fluyen como las aguas de un río cristalino “… Aquella frase de María Zambrano de “las palabras se juntan en formas que hacen abrirse un espacio antes inaccesible”  en  la poesía de Santiago Sylvester  se cumple con un tinte casi filosófico no exento de esplendente ironía, “no hay morada hay / intensidad: lugar donde se siente".

Libros de poesía publicados : El aire y su camino, 1966; Esa frágil corona, 1971; Palabra intencional, 1974; La realidad provisoria, 1977; Libro de viaje, 1982; Perro de laboratorio, 1987; Entreacto, antología de la colección ICI-Quinro Centenario de Madrid, 1990; Escenarios, 1993; Café Bretaña, 1994; Antología poética, en la colección Poetas argentinos contemporáneos, del Fondo Nacional de las Artes, 1996; Número impar, 1998; El punto más lejano, 1999, 2011; Los casos particulares, 2014.

Algunos de sus premios: Internacional de Poesías Gil de Biedma por "Café Bretaña", que además mereció el Premio Nacional de Poesía, premio Sixto Pondal Ríos -de la Dirección de Cultura de Salta- y el del Fondo Nacional de las Artes en dos oportunidades.