"Sobre el poeta" de Pablo Antonio Cuadra



Sobre el poeta

Un siglo de ceibo fue iniciado
por un pájaro.
                       Bebió
años de lluvias a la noche. Fue creciendo
en materiales vastísimos, de tierra,
de sucias savias y motivos
sólo perdonables en la química. (Un árbol
tiene más culpa, a fondo, que un cadáver;
pero crece su ataud, se eleva a casa,
a palacio estelar, a fábrica
de fébril sudor y apogeo). Ven
a mirar su pabellón de física,
su telar de clorofila -hojas,
frutos, fornicación del polén
y bellotas nupciales: desarrollo
industrial de celulosa, activos
y pasivos, numerales columnas...
La estadística muestra
los años de labor.  Y los maestros
siempre juiciosos le dedican
su fervor textual y comprensivo.
Pero, ¡Ved! un árbol
con tanta ley y majestad y células
en números redondos fue construido
para que una rama sostenga
a mediados de abril y mientras canta
                          ¡un pájaro!


Quema

Antes de los aguaceros,
Antes del movimiento de las hormigas y de la floración
         de los Corteces
Cuando cabe toda la tristeza de los campos en una sola
          rama desgajada
Cuando es violenta la rigidez de las hierbas
Cuando el viento ofende como el vapor de una olla hirviente
Cuando truenan los horizontes:
Los campistos jornaleros desnudaron sus musculaturas
Y desmontaron las rondas de las milpas
Cortando a tajo el monte y los rayos solares
Que se quebraban sobre las hojas de acero ofuscando la
           vista de los zopilotes y de las oropéndolas.

Montones de extenuadas hierbas y lianas amputadas
Yacían tendidas bajo la investigación de las gallinas y perdices
Que escarbaban curiosas y rápidas como buscando un tesoro
             desconocido.

A las doce del día miércoles 18 de abril
Avanzó chillonamente una enorme hoguera anaranjada
Y la seca hojarasca
Se levantó aletargada en nubes pesadas y sucias como una
             manada de cerdos.
Las llamas corno pisándose sus largas túnicas rojas
Avanzaban y caían sobre los siete meses de sequía.

Oprimidas por el humo aplaudieron estrepitosamente miles
             de alas desesperadas
Con la nerviosa emoción de las grandes tragedias.

Los cuatro costados del campo ardían avanzando hacia el centro
Y las víboras y los sinuosos cascabeles
Y las gruesas boas atléticas 
Y el jaguar entorpecido por las resinas humeantes
Y el congo de quejidos cavernarios
Y el sajino rechoncho y trepidante 
Y el coyote aullador de las noches perdidas
Acudían a un solo lugar que poco a poco se enfurecía en su
              temperatura
Y se llenaba de chispas desprendidas y de explosivos tizones 
              amenazantes.

Rápidamente avanzaba en olas amarillas el mar encendido 
               y ardoroso
Y junto al chirrido chamusqueante de las llamas devoradoras
Vibraban en un trozo de sonoridades lastimeras 
Gruesos aullidos 
Silbidos venenosos
Ronquidos burbujeantes
Mientras blanqueaba de espuma la trompa rabiosa del coyote.

Nosotros subimos a los árboles circundantes
Para presenciar el cierre completo del círculo infernal
Y miramos en las altas puntas de un pochote úncio y barbado
Las cabezas pequeñas y ansiosas cuyas lenguas bífidas temblaban
Y en el tronco del viejo gigantón crapuloso y hostil
Al jaguar enloquecido girando y describiendo el estrecho horizonte de su angustia
Mientras saltaban hacia el tronco con los ojos inmensamente desorbitados
Los pequeños animales temblorosos e impotentes.

Con furia las llamas y el humo
Cerraron sus mandíbulas candentes
Al tiempo que un grito indefinible y humano
Hería la tranquilidad de los lejanos animales a salvo.
Luego escuchamos la sacudida tremulenta de la tierra
Al caer vencido como un mártir el viejo pochote incinerado
Y las víboras negras y las crispadas raíces
Se confundían en el extremo tormento de tizones y de cenizas encendidas.
                                                                  
                                                                                            (Llanerías de Boaco.)

De: Poemas Nicaragüenses



Abuelo en la noche

Esta es la casa que he perdido
habito en ella en sueños
y no quisiera hablar de ella después que todo
[ha sido consumado.

Mis hijos han edificado sus casas en Babilonia
y yo atravieso el desierto para pasar
[veladas con ellos
escuchando afuera, al borde de la puerta impotente
el ruidoso río de automóviles que
[filtra sus aguas turbias en el umbral.

Hablamos de esto y de lo otro en la
[apretada salita
como conspiradores bajo el sofocante
y ordenado itinerario de los relojes
porque todos trabajan, duramente,
invirtiendo su vida en el negocio de perderla
y llegan llenos de cifras como
[los carpinteros de virutas
fatigados de información. Entonces,
[si yo recuerdo
si fácilmente caigo en las viejas historias
si abro para ellos las puertas de la casa
abren los ojos y me reconfortan con su alegría
--piensan tal vez que es posible el retorno--
porque ellos vivieron, ellos nacieron
[y se criaron
en la casa que perdimos
en la vieja casa grande junto al río
donde yo vuelvo ahora
donde yo vuelvo siempre
apenas cae un poco de sueño en mis ojos vacíos.

De: Esos rostros que asoman en la multitud



El niño

El niño
que yo fui
no ha muerto
queda
en el pecho
toma el corazón
como suyo
y navega dentro
lo oigo cruzar
mis noches
o sus viejos
mares de llanto
remolcándome

al sueño. 

De: Cantos de Cifar


Pablo Antonio Cuadra (1912 - 2002). PAC, como habitualmente se lo conocía, incursionó en la poesía, el ensayo, el teatro, la crítica y las artes gráficas. Fue considerado por Octavio Paz como uno de los grandes poetas de Centroamérica. En 1929, junto a José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos fundó el grupo literario Vanguardia

Introdujo en la poesía nicaragüense la temática nacional, la oralidad y el lenguaje coloquial. 
Desde 1964 dirigió, hasta su fallecimiento, la Academia Nicaragüense de la Lengua. También, fue Rector de la Universidad Católica de Managua (Nicaragua), fundador y director durante más de cuarenta años de la revista cultural El pez y la serpiente. 

En una entrevista que le hizo Floriano Martins, publicada en la Revista Andrómeda de San José, Costa Rica, 1989, Pablo recuerda: "El Modernismo estaba agotado y nos sentíamos llamados a fundar algo nuevo y distinto. No solamente la poesía: ¡Todo nuevo! ¡Nos abrimos a todas las corrientes vertiginosas del momento! Desde el surrealismo hasta el Dadá. Pero ese momento de apertura y cosmopolitismo coincidió, en Nicaragua, con una intervención extranjera, de Estados Unidos, con la protesta armada de Sandino y, como es natural, con su reflejo en nuestro movimiento literario que se vio patrióticamente presionado a crear una literatura, nueva, es cierto, pero defensiva y afirmativa de nuestra identidad nacional".

Algunos de sus libros: "Poemas Nicaragüenses", (1934); "Canto Temporal", (1943); "Poemas Con Un Crepúsculo A Cuestas", (1949); "La Tierra Prometida", (1952); "El Jaguar Y La Luna", (1959);"Cantos De Cifar Y Del Mar Dulce", (1979); Otro rapto de Europa; Esos rostros que asoman en la multitud (1976).


Entrevista con Floriano Martins Publicado en la Revista Andrómeda de San José, Costa Rica, 1989

"La palabra, fogonazo entre el deslumbramiento y el hartazgo"


                                                                       

OJOS DE LA PALABRA
                                      
A Octavio Pineda

La palabra,
fogonazo entre el deslumbramiento y el hartazgo,
viaja sobre los hombros del enigma.
¿No quiere ver? (Ve sin querer): estrellas que atraviesan usinas de ceguera, correntadas de nadie.
Es iguana en la roca calcinada, una pata en el aire, la otra
en el infierno.
Su cuerpo breve da una sombra inmensa.

Quieta no se está nunca por el fuego cruzado de la sangre.
Un chasquido de lengua la echa a andar por baldíos
donde lo ruin humea y pudre el aire.
A horcajadas, con los ojos vendados. No quiere ver.
(¿Ve sin querer?): bolsas de estiba, dientes de nicotina,
y un corazón sin aparente anhelo que acampa en el vacío.

Esa palabra lleva en su aliento un viaje, un detenerse,
un continuar.
Sus patas diminutas lo tocan todo por primera vez.




LLUVIA NEGRA


Brutal es el insomnio de la máquina,
su noche al rojo blanco,
la lluvia atronadora de viruta negra.

En el aserrín de los grandes talleres
olfatea vagones del sueño y escucha las botas contra el piso:
un desfile incesante de soldados de plomo.

Pero unos y otros equivocan el rumbo,
los soldados se funden, el tren se desbarata.

Brutal es el desvelo de la máquina.
La gran lámpara roja oscila en los galpones de escoria
y estropajo,
donde vela por siempre su fulgor sumergido.

Fondeados en los tinglados que la noche agranda,
los ojos helados de la máquina cuentan sus monedas de polvo,
sus ovejas de fierro, sus rebaños de nada.



Manjares


"Los hombres que cocinan", dice el profesor Tauro,
no en las enciclopedias. En la calle,
a quien quiera escucharlo: fritangas de coraje, vino
espeso, chocolate de perlas.

Sentado en una mesa del bar El Lobo Púrpura, cerca
del Puente Negro, desliza pensativo
mole de guajolote, tamales de paciencia.
Y tiende en el suspenso un mantelito a cuadros.
Perdices estofadas en globos historieta.
Se le hace agua a la boca.

¿La obseción de su vida? Una bestia emplumada.
¿La niña de sus ojos? El jabalí adobado.
Gentilhombre. En la calle da el verbo "aderezar".
Donde ayer hubo piedras, confitura de arándano.
Salpicón de cordero donde ayer hubo frío.
Donde una vez el odio, se levanta un asado.

Frutas cristalizadas bajo lámparas suaves
y al que quiera escucharlo: carnero a la jalea,
vinagreta, uvas negras.
Te encomiendo mi alma: lechoncillo, jengibre.
Se relame (osobuco), se le hace agua (salsita).
Grandes papas doradas como besos,
faisanes gratinados, caldereta, potajes.

Caviar del pensamiento y motivos de árbol de ají.
"Los hombres que cocinan,
encontraron el modo de evitar el suicidio."


REPTIL MAGAZINE

Es inútil,
jamás entenderías a este corazón de dinosaurio
porque has sido educada para el corazón de
otras especies,
animales domésticos,
cuya pelambre con aroma de cedro y azucena
es más que necesario en estas épocas,
gallináceas de fastuosa cola
plumaje verde con visos azules y dorados.

Un dinosaurio nunca ha sido ascendido en su trabajo
ni ha sido condecorado nunca,
ni siquiera ha protagonizado un film de amor,
más bien resulta incómodo su abrazo,
ilegible su letra,
incomprensible su cuota de alcohol diaria
y lo que es más,
esta piel cuaternaria no comprendería nunca
las complicidades y pactos de hoy en día:
mente ágil,
disciplina,
popularum-progressio.

Yo sé bien que es inútil,
quizás en otros días,
después del maremoto anunciado por los sabios
ilustres,
antes del gran diluvio,
alguna vez,
quién sabe.
Pero ahora es inútil,
porque has sido educada para otros menesteres.
Nunca el insomnio
cabalgando en esta música de besos,
encuentros insolentes,
el deseo de pastar en los campos prohibidos
y la entrega total,
de cabo a rabo.

Ahora,
recoge con cuidado tus manecillas suaves y tus
labios ociosos,
tu cabello de seda y esa voz aflautada que entre sorbos
de té solía decir: "mañana será otro día" .
Ha de haber sido horrible
haberte visto emvuelta de pronto en este embrollo.
Tamaño lío
haberte enamorado por un instante de este corazón
de dinosaurio.
Además,
nunca hubieras podido dormir con mis latidos
como de clavicordio y de tormenta.
Con estos ojos tristes, quién hubiera podido,
mi pequeña.


HABLAN LOS OJOS DE NAZIM HIKMET

Sobre mi mano,
la mitad de una manzana brilla.
La otra mitad está sobre una mesa a miles de
kilómetros de aquí.
Es imposible morder esta mitad
sin que duela el vacío.


EL PELUQUERO


Asentaba navajas en un listón de cuero,
porque era su trabajo arrancarle a los rostros
sus animales muertos.
Hacia barba y bigote para el espejo atestado de gente.
Su navaja pulía aquella superficie, rasuraba los rostros
del espejo y haciendo su trabajo,
¿afeitaba el espejo?

Era más chico que un tarro de gomina Brancato
mi abuelo,
pero una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquel sillón Dosetti de
madera y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua desgajada
hacia un lado, el decía: "servido".
Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas
de talco y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte -que es prolija- le envidiaba su colección
de peines.
Un día la muerte que hojeaba una revista deportiva,
dijo: "me toca a mí",
y ocupó aquel sillón, despatarrada y con un remolino en la cabeza;
Tiene un pelo difícil", dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo su trabajo,
¿rasuraba el espejo?.
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera
con estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
suave, como un recién nacido.

Jorge Boccanera (Buenos Aires, 1952).

Maestro de poetas

Integra la constelación de las voces mayores de la tradición poética latinoamericana. Su temprano exilio y sus innumerables viajes por México, Guatemala, Nicaragua y sobre todo Costa Rica, donde vivió ocho años, le dieron el marco a su obra "Palma Real", merecedora del premio Casa de América de España 2008.
A propósito de su residencia en México dice Margarito Cuellar en la revista La otra, en ocasión de haber recibido el Premio López Velarde del Festival Internacional de Poesía de Zacatecas 2012, "México no fue un exilio para nuestro poeta sino una extensión de su patria, que ya no lo dejará ir, sus versos suenan cada vez más fuertes en nuestras calles".
"Cada palabra, antes que la escriba, mira a su alrededor" decía Kafka, y esto es exactamente lo que ocurre en la poesía de Jorge Boccanera. Hay diversos estudios realizados sobre su poesía pero que mejor que quedarnos con su propia reflexión: “Te diría que la poesía se construye tallando un gran roca de silencio”.

Libros publicados: Los espantapájaros suicidas (1973), Noticias de una mujer cualquiera (1976), Contraseña (1976), Música de fagot y piernas de Victoria, (1979), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Los ojos del pájaro quemado (1980), Polvo para morder (1986), Sordomuda (1990), Bestias en un hotel de paso (2002) y Palma real (2008). 

Sus poemas fueron reunidos en las compilaciones personales: Marimba (1986), Antología poética (1996), Zona de tolerancia (1998), Antología personal (2001), Poemas (2002, Servicios de insomnio (2005), Tambor de jadeo (2008) Sombra de dos lugares (2009) y Cuaderno del errante (2009). En 2007 apareció en México el CD Jadeo del viaje, con una selección de poemas en su voz.

Premios: Casa de las Américas (Cuba, 1976), Nacional de Poesía Joven (México, 1977), TEA de Periodismo (Argentina, 2007), Internacional de Poesía “Camaiore” (Italia, 2008), Casa de América (España, 2008), “Premio Internacional de Poesía Ramón López Velarde” (2012), otorgado en México por la Universidad Autónoma del Estado de Zacatecas y el Festival Internacional de Poesía.

Desde el 2004 dirige la cátedra de Cátedra de Poesía Latinoamericana de la Universidad Nacional de San Martín.

OLGA OROZCO, PARA UN BALANCE...

Para un balance

Puse a prueba mil veces mi cabeza
forzándola hasta el cuello en las junturas donde se acaba el universo
o echándola a rodar hasta el vértigo azul por el interminable baldío de los cielos.
Impensables los límites; impensable también la ilimitada inmensidad.
Mi cabeza era entonces un naufragio dentro de la burbuja de la fiebre,
un trofeo de Dios sobre la empalizada del destierro,
un hirviente Arcimboldo en la pica erigida entre mis propios huesos;
y sin embargo urdía pasadizos secretos hacia las torres de la salvación.
La volví del revés, la puse a evaporar al sol de la inclemencia,
hasta que se fundió en la menuda sal de la memoria que es apenas la borra del olvido.
Pero cada región en blanco era un oleaje más hacia las tierras prometidas.
La arranqué de la luz sólo para sumirla en extravío en las trampas del tiempo,
sólo para probarle las formas de la noche y el pensamiento de la disolución
como un ácido ambiguo que preservara intacta la agonía.
Ha triunfado otra vez contra hierros y piedras, derrumbes y vacíos.
¿Y acaso no he probado,
bajo ruedas y ruedas de visiones en llamas que avasallan sin tregua mi lugar,
que aun con el infierno se acrecen los dominios de esta exigua cabeza?
Jugué mi corazón a la tormenta,
a un remolino de alas insaciables que llegaban más lejos que todas las fronteras.
Contra la dicha de ojos estancados donde se ahoga el sueño,
contra desmayos y capitulaciones, lo jugué hasta el final de la intemperie
a continuo esplendor, a continuo puñal, a pura pérdida.
Lo estrujaron entre dos trapos negros, entre cristales rotos,
igual que a una reliquia cuyo culto exaltara sólo la transgresión y el sacrilegio;
lo desgarró el arcángel de cada paraíso prometido, con su corte de perros;
la noche del verdugo lo clavó lado a lado en el cadalso de los desencuentros;
lo escarbaron después con agujas de hielo, con cucharas hambrientas,
y hallaron en el fondo un pequeño amuleto:
una gota de azogue que libra a quien se mira de la expiación y de la muerte.
He convertido así rostros oscuros en estrellas fijas,
depósitos de polvo en sitios encandilados como joyas en medio del desierto.
Pueden testimoniar aquellos a los que amé y me amaron hacia el fin del mundo
-un mundo que no termina ni aun bajo los tajos de los adioses a mansalva-.
¿Y dónde estará entonces la derrota de un corazón en ascuas,
alerta para el amor de cada día, indemne como el Fénix de la desmesura?
Aposté mi destino en cada encrucijada del azar al misterio mayor,
a esa carta secreta que rozaba los pies de las altas aventuras en el portal de la leyenda.
Para llegar allí había que pasar por el fondo del alma;
había que internarse por pantanos en los que chapotean la muerte y la locura,
por espejismos ávidos como catacumbas y túneles abiertos a la cerrazón;
había que trasponer fisuras como heridas que a veces comunican con la eternidad.
No preservé mi casa ni mis ropas ni mi piel ni mis ojos.
Los expuse a la sanción feroz de los guardianes en los lindes del mundo,
a cambio de aquel paso más allá en los abismos del amor,
de un eco de palabras sólo reconocibles en el abecedario de los sueños
de una inmersión a medias en las aguas heladas que roen el umbral de la otra orilla.
Si ahora miro hacia atrás,
veo que mis pisadas no dejaron huellas fosforescentes en la arena.
Mi recorrido es una ráfaga gris en los desvanes de la niebla,
apenas un reguero de sal bajo la lluvia, un vuelo entre bandadas extranjeras.
Pero aún estoy aquí, sosteniendo mi apuesta,
siempre a todo o a nada, siempre como si fuera el penúltimo día de los siglos.
Tal vez haya ganado por la medida de la luz que te alumbra,
por la fuerza voraz con que me absorbe a veces un reino nunca visto y ya vivido,
por la señal de gracia incomparable que transforma en milagro cada posible pérdida.



El jardín de las delicias

¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en
plena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de la
especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez un
atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia
y sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma?¿ O tan
sólo quizás una región marcada como un cruce de encuentro
y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?
No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original,
ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperado
propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquiera
un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que
huye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.

A solas, sólo un número insensato, un pliegue en las membranas
de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.

Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena del
viaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de
todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el
árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y
sus secretas ciencias de extravío que se expanden de pronto
de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo
que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la
corriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida,
escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son
como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible
hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda
cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica
noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con
jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo
del horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio
de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosa
maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como
labios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la
espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de su
prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando
locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que
ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo
en expansión, con todo el universo en contracción para el parto
del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la
sangre la creación.

El sexo, sí,
más bien una medida:

la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.


Olga Orozco, (1929-1999).

"Hechizera de la memoria" la llamó Jorge Boccanera; y definió su poesía "como un extenso collar de preguntas; al frotarlo aparece un relato, es siempre el mismo y es distinto: una niña despierta en medio de una cacería, corre tanteando las ruinas de otro sueño, una sombra le pisa los talones, debe atravesar una puerta, un muro, encontrar un talismán, una clave. Todo es imposible, pero en medio de la búsqueda se escribe el poema; surge a modo de conjuro".
Maria Rosa Lojo en el prólogo de "Repeticion del sueño", Grandes Poetas, escribió: "Olga Orozco es hoy quizá la voz poética argentina que reúne con mayor plenitud tres condiciones no siempre concurrentes: inconfundible originalidad, ímpetu arrasador y perfección verbal".

Esta inmensa poeta, escritora, periodista colaboró en las revistas: Canto, A partir de cero, Sur, Cabalgata, Anales de Buenos Aires, entre otras.
Su obra ha sido traducida a varios idiomas y ha interesado a críticos y estudiosos tanto en la Argentina como en el exterior. Recientemente, ha sido publicada Su Poesía Completa que incluye un libro póstumo con prólogo de Tamara Tamenszain.

Obra poética:  Desde lejos (1946), Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Veintinueve poemas (1975), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987) y Con esta boca, en este mundo (1984).

Distinciones: «Primer Premio Municipal de Poesía»,  «Premio de Honor de la Fundación Argentina» 1971, «Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes», «Premio Esteban Echeverría», «Gran Premio de Honor» de la SADE, «Premio Nacional de Teatro a Pieza Inédita» en 1972, «Premio Nacional de Poesía» en 1988, «Láurea de Poesía de la Universidad de Turín», «Premio Gabriela Mistral»  otorgado por la OEA, «Premio de Literatura Latinoamericana Juan
Rulfo» 1998.